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2 octubre, / Nadia Muela

EL JARDÍN DE LAS ESTATUAS I

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Quizá si yo hubiera dicho que no, quizá si hubiese puesto un alto a tiempo, tal vez hubiese sido preferible, tal vez de esa manera ambos nos habríamos salvado. Naces, creces, te reproduces y mueres. Y cuando mueres, terminas como un bello regalo, en una caja brillosa con muchas flores y moños a tu alrededor. El cofre del tesoro.

-Amanda… Amanda… ¡Amanda!

Oigo a lo lejos los gritos eufóricos de mi mamá. Sonaba algo apurada, quizá con un dejo de enojo y desesperación en su tono de voz. Se escuchaba cada vez más próxima a mi habitación, y de pronto irrumpiendo agresivamente en la tranquilidad de mi habitación rosa pálido, me mostró una expresión totalmente desconocida a mis 19 años.

– Te llaman por teléfono. Es importante, hija.
– ¿Quién es?
– (Casi enfurecida y deshecha a la vez) Tú ve y contesta.

Creo que desde aquella vez en la que Roberto y Minna me cargaron y me subieron a la fuerza a la montaña rusa, no temblaba tanto al levantarme. Casi no podía caminar, el trayecto de mi recámara hasta el descanso, donde había un teléfono, me pareció eterno, algo así como en “El resplandor“, jamás imaginé que aquella película que había visto tantas veces, vendría a mi mente en un momento así.

Temía muchas cosas. Había tanto que yo no había dicho a nadie, había una isla debajo de todo ese océano de verdades ocultas que me guardaba para mí y para mis noches sin sueño, y como resultado o vestigio de haberme mojado con sus olas, me quedaban los ojos hinchados.

Por fin llegué a la mesita, la pared verdosa me pareció negra. La duela casi se sentía entre áspera y dura en mis pies desnudos. Hacía frío.

-¿Bueno?
– Amanda, hija… necesito que vengas rápido a mi casa.
– Si señora, ¿qué pasa? ¿Se encuentra bien?
– No hija. Ven. Te necesito.
– Dígame qué sucede -contesté un poco alterada- ¿qué pasó?
– Gerardo, hija… – después de un prolongado, desesperante, sofocante y doloroso silencio continuó – ¿por qué?

Creo que eso había contestado todas mis preguntas. Al principio no sentí nada, nada más que un hueco enorme en el pecho. ¿Qué tan común es que te llame la madre de tu novio a las 6 de la mañana? ¿Qué tan común es que un día estás con alguien y al día siguiente se ha ido? … bueno, creo que esa última es de lo más común del mundo.

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© Nadia Muela

Observé mi reflejo en el espejo de la habitación, me veía totalmente fantasmal. El cabello rizado y oscuro que tanto admiraban mis amigas, lucía desordenado y sin vida; mis ojos color verde estaban decorados con un halo rojo y unos ojos totalmente hinchados, sostenidos por cuencas de color gris. Mi larga figura lucía encorvada, casi entumecida por el estrés que todo aquello me generaba.

Regresé impávida a mi recámara, ahí me esperaban los brazos abiertos de una madre sollozante sentada en la cama rosa de su hija. Me dejé caer sobre las sábanas decoradas con flores y las almohadas cubiertas por felpa rosa, blanca y morada. El techo y las lámparas chinas hechas con papel daban vueltas, era como una espiral incesante que se reía de mí. Todo eso y ni una lágrima.

Durante todo el trayecto a casa de mi novio, iba reflexionando acerca de lo que había pasado. ¿Cómo pasó esto? Me cuesta creer que este momento pertenezca a mi vida. Pasé por el café al que me gustaba ir cuando me hice novia de Gerardo. Todo era él. El parque, el café, la iglesia, la universidad, incluso el mismo automóvil de mi papá, todo era Gerardo. Mi rostro permanecía impasible. Mi mirada iba fija en la carretera, pero a la vez estaba perdida en el espacio de algo totalmente desconocido.

Al llegar al #405 de la calle Santa Isabel, había una figura humana fuera del domicilio, era la señora Renata, mamá de Gerardo. Su cabello oscuro y rizado se veía alborotado, sus ojos se veían mucho más pequeños de lo que normalmente eran y su cara denotaba una total derrota. Vacilé al estacionar el auto y quererme bajar, había olvidado el orden del procedimiento tan cotidiano.

Al bajar, fue corriendo hacia mí. Me abrazó tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar ante el estímulo. Me quedé tiesa, inexpresiva.

– ¿Qué hice mal? ¿Qué me falló, Amanda? ¿Por qué?

Rompió en llanto sobre mi hombro. No pude más que agarrar su cabeza y acariciarla como solía hacerlo con Puppa, mi Cocker Spaniel.

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© Nadia Muela

No sé cómo, ni en qué momento pasó, pero de repente yo ya estaba en un salón con paneles de madera en las paredes, cientos de sillas que ocupaba gente con atuendos oscuros y un asqueroso y nauseabundo olor a flores en el ambiente. Cientos de flores alrededor de una caja gris. Gente que yo no recordaba se acercaba a abrazarme y decirme la misma grabación monótona y pre ensayada: “lo siento, estamos contigo”.

Vagos recuerdos tengo de ese desfile de lágrimas y ropa negra. Recuerdo poco de muchas cosas. Recuerdo vagamente que un anciano ridículo en un traje aún más ridículo que él, oficiaba misa a las 12 del día siguiente. Esparcía agua por todas partes, mojaba la caja con euforia con un gesto condenatorio, como cuando tu mamá te regaña de chiquito.

Recuerdo también, que no sé en qué momento terminamos en un jardín enorme con muchas esculturas de mármol. Me sentía como cuando se anda de fiesta y se está tan borracho, que al final no sabes cómo terminaste en la casa de la amiga del amigo del primo de uno de los chavos que conociste en la fiesta de la amiga de la vecina de tu novio. En fin, ese lugar era lúgubre. La solemnidad llevada al extremo es casi ridiculez. La gente entra ahí y llora.

Yo no lloro. Ya me cansé de hacerlo tantos años. Ni modo, la vida sigue.

CONTINUARÁ…

Texto y Fotos: Nadia Muela

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