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Palabra de Junkie (Cuarta Parte)

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NUEVE

Era viernes, casi de noche. Nunca antes la había visto. Tenía el cabello completamente rizado y teñido de un rojo llamativo, en cualquier otra, se hubiera visto grotesco, pero jamás en ella. Un rojo punk, pensaba yo. Nos habíamos juntado en casa de un compa, el Pato, para precopear antes de irnos a una tocada de Plastilina Mosh en un antro del boulevard Independencia. Aunque yo trataba de no verla demasiado, mi tercer ojo estaba absorto en esa peculiar dama, pero ella no notó mi presencia hasta más de una hora después, cuando preguntó quién traía mota.

─ Tere, aquí mi valedor es el indicado. Te presento a Mauro. Ya sé que se van a llevar bien porque es igual de ridículo que tú. Le tuvimos que rogar al mamón para que se afanara a la tocada de Plastilina. El pedero dice que después del Aquamosh, perdieron onda. Yo digo que nos droguemos. ─ Me presentaba el Pato en su papel de anfitrión.

─ Un placer, Tere. Por el puro gusto de conocerte te voy a hacer un churro, con la condición de que lo compartas nada más conmigo. Le voy a dar la bolsa de weed al Pato, para que atienda a los demás invitados ¿Te parece? ─ Dije mientras estrechaba las manos pequeñitas de Teresa.

─ Me parece que lo mismo le dices a todas, pero me parece que me caes bien. Además, eres el primero que no me pregunta o me dice algo de mi cabello, luego luego que me conoce. ─ Respondió la pelirroja con una perspicacia encantadora. Me sonrojé y traté de disimular.

─ Si no dije nada de tu pelo es porque lo que más me llamó la atención fueron tus manos. Si quieres al ratito, platicamos de tu cabello y hablamos también de mi color favorito. ─ Respondí.

─ ¿Cuál es tu color favorito, el rojo? ¿Qué tienen mis manos? ¡Dime! ─ Demandaba.

─ Te voy a responder antes de que me ataques con más preguntas. Mi color favorito es el de tus ojos. Pero eso es muy obvio, por eso ya no voy a decir una palabra más de ellos. Eso es tan obvio como hablar del sol cuando amanece. Muy bonito y todo lo que tú quieras, pero cualquiera lo nota. Yo me fijé en tus manos. ¿Respondí a tus preguntas? ─ Eufemismos que usé en vez de decirle que me tenía hecho un pendejo.

─ ¡Wow! Oye, ¿Mauro, verdad? Una pregunta: ¿Todas caen rendidas con tus comparaciones poeticónas? ─ Teresa me desafiaba con su ironía.

─ Lo dices como si lo que estoy viendo, lo viera todos los días. ─ Improvisé.

─ ¿Y qué es lo que ves?

─ A ti nada más. Flaquita, usted hace más preguntas que la INTERPOL. ¿Por qué mejor no me acompaña al sillón de allá, pa’ que las preguntas las pueda hacer yo? Quiero saberlo todo de usted. ─ Del argot del barrio, aprendí que siempre resultaba excitante hablarle de usted a una mujer joven.

Una hora y media después, estuvimos a punto de separarnos del grupo y no ir a la tocada, pero mis ganas de presumir a Tere ante todo el mundo, fueron más grandes que mi prisa por intimar. Así pues, luego de una divertida conversación plagada del juego de estira y afloja, nos fuimos a ver a Plastilina.

Hasta antes de aquella madrugada de sábado, no había yo tenido una noche mejor. Disfruté la compañía de toda la banda. Nos volvimos locos con la música. No faltó la bebida, ni el toque, ni la cois. Pero la verdad es que todo giró alrededor de Tere. Ella no paraba de acusarme de que seguramente yo actuaba igual con todas las mujeres. Tere no sabía que aunque no me gustaba dar paso sin huarache, en ella veía un mundo distinto. Si de otra se hubiese tratado, lo más probable es que ya nos estuviéramos besuqueando o que yo le estuviera haciendo alguna simpática propuesta indecente. Pero con Teresa las cosas caminaban siempre a su propio ritmo. Al ritmo de ella, el ritmo era ella. No se le podía presionar. No hacía falta. La espera y el juego ya de por sí, eran placenteros.

Adoraba verla bailando descalza, despeinada y descompuesta. Ella no necesitaba más adorno que su pronunciada sonrisa. Todo el tiempo, aparecían en nuestro grupo de amigos, chicas con una belleza más evidente, más atractivas que Tere. No me importaba. Ella tenía belleza y mucha, pero tenía también, mucho más que eso. Ella era capaz de rebasar su propia belleza. A mí me gustaba cerrar los ojos o voltear la mirada para solamente escuchar su voz, oler su perfume. Bastaba con su presencia para tenerme a merced. Aun así, fue necesaria su ausencia para darme cuenta de lo que en realidad significó para mí.

Una semana después, estábamos tirados en una alfombra, en silencio, mientras escuchábamos el Binaural de Pearl Jam. Ella empezó a dormitar. Le dije que quería quedarme despierto y tal vez lograr ver sus sueños. Hizo una mueca y no dijo nada. Se puso encima de mí y no dejamos de besarnos el tiempo que duró la canción “Nothing as it Seems”. Dulce paradoja.

Mientras Vedder comenzaba a cantar “Thin Air”, Teresa sonrió y se quitó la blusa.

Sus pechos eran ideales: no demasiado grandes ni abismalmente diminutos. Algo así como sus ojos. Su piel era tan blanca, que transparentaban algunas venas azules de sus glándulas. Sus pezones rosados no parecían los de una chica de veinte. Parecían más bien de una niña de catorce. Ese rosado color me hacía pensar en sabor a miel. Lo que encontré enseguida no fue menos maravilloso. A mis casi veinte años de edad, no lograba recordar algún encuentro sexual sin estar drogado. Esa tarde no hizo falta meterse nada. Aunque aquello no evitó que nos diéramos un gallito al final.

Lo que sentí por ella, me provocaba horror. Horror de mí mismo. Todo el tiempo me valí de sus propios argumentos anticonvencionalistas para evitar darle un título a nuestra relación. La realidad es que como buen hijo de puta que era, lo que buscaba eran pretextos para no sofocar del todo mi libertad. Si bien, siempre supe darle su lugar ante nuestro grupo de amigos, o a donde fuéramos juntos, jamás cerré eso a lo que yo le llamaba las puertas de mi changarro. Me justificaba ante mí mismo, convenciéndome de que lo hacía solo para no verme rebasado y sometido al encanto de Teresa, por el temor de que la magia se perdiera. Patrañas. Lo que no quería perder era la libertad de meter la verga en otras sucursales, sin privarme de lo que ella me ofrecía.

De modo que, aun cuando mi relación con el Filos dejó de ser de negocios, en ningún momento lo dejé de frecuentar, incluso, soy padrino de bautismo de Axel, “El Filitos”. Así las cosas, cada dos semanas nos íbamos de viejos locos. Ahora que ambos teníamos que ser discretos, intercambiábamos alcahuetismo. Yo le presentaba una que otra junkie dizque intelectualoide. Intelectuajunkie. Y el a su vez, me acercaba con algunas muñecas de barrio. Por lo regular casadas mal atendidas o teiboleras clientas de él. A ese fenómeno, yo lo llamaba el “Everybody Wins!”

Sé que Tere no era ninguna imbécil. Y a pesar de que rara vez tuvo manera de comprobarme algo, tenía esa fuerte intuición intrínseca en toda hembra y además, un cerebrito que le funcionaba inconvenientemente bien. A pesar de las drogas. Aun así, ella fue quien me convenció de volver a tener cierto contacto con mi madre, de dejar de llamarla Yadira para decirle otra vez mamá. Teresa siempre tocando esas fibras que me aterraban. Fue ella quien evitó que mi breve etapa usando heroína, llegara a mayores. Ojalá yo le hubiera devuelto al menos ese favor. Fue la única que me alentó a inscribirme a la licenciatura en comunicación y periodismo. Fue ella la que me llevó a mis primeros talleres de literatura y quien me conectó con algunas personas de medios de comunicación. Puedo decir que de cierto modo, ella me hizo y por lo tanto, ha sido la única que pudo deshacerme.

Si hay otra vida, volvería a usar drogas con tal de que mi andar me llevara de vuelta a ella. Esta vez, cuando menos, evitaría que su mirada se perdiera. Aunque luego de eso, sus ojos me evitasen a mí.

DIEZ

Desperté bañado en sudor. La luz era incierta. No estaba seguro si serían las siete de la mañana o las siete de la tarde. No sabía que día era. Recuerdo olor a sangre y vómito, y un dolor de cráneo que me taladraba. Esa no era mi cama. Traté de levantarme.

No logré reconocer la habitación. Conseguí reincorporarme a tientas y me acerqué al tocador. Sentí un dolor en la quijada. El espejo me regresó mi imagen destruida: ojos irritados, hinchazón en el pómulo derecho, labio inferior cortado. En el tocador, cualquier cantidad de botellas de perfume corriente, maquillaje, labiales. Volteo al taburete, algunas pelucas, eso explica el olor a ¿puta?

─ ¡Llevas horas dormido, papito! Para eso sí salistes bueno. Qué bueno que te levantastes, porque ya mero me pasan por mí. Te voy a preparar una…

─ ¡No, espérate! ¿Qué onda contigo? ¿Qué madres hago aquí? No me digas que tú y yo…

─ ¡Bueno fuera, mi rey! Nomás me dejastes echada a andar. Traías el hocico todo roto, ¡mírate! Pero de todos modos me traías a beso y beso que hasta me mordiste la boca, pervertida. Tocaste cama y adiós, ahí estoy, sóbete y sóbete y chúpete y chúpete la verga y nada que revivías. Ni modo, guapo, pero pos yo ya me tengo que ir, te la perdiste. Te me apuras y te me vas porque me estoy terminando de producir. Me debes doscientos pesos que le tuve que pagar a un amigo para que se trajera tu moto y no te matara porque te le fuiste a los chingazos pensando que te la iba a robar. ¡Mira cómo te dejó por lioso! Todos los hombres son iguales, por eso yo soy mujer.

─ Me cae que no me acuerdo de nada. ¡Puta madre! Mira, disculpa por lo de tu amigo, ahí te van dos y medio por las molestias y otros cien por ponerme punk con tu compa. Mira, no es nada personal, este no es mi pedo, este pedo no me gusta, no me acuerdo bien ni qué me metí…

─ Casi me arrebatas la bolsa de chemo, mi rey, que “pa´recordar tu niñez”. Estabas recargado en tu moto ahí por la Victoria ─ Interrumpió ─ Ni te agüites ni me digas nada. Todos dicen lo mismo cuando se arrepienten, pero a ti ni se te levantó el pecado. Pero aliviánate y te me largas porque mi novio viene por mí para llevarme a la presa y te va a emparejar el otro cachete. ¡Muévelas!

Me lavé la cara. Casi vomito por la hediondez de mi aliento y por lo grotesco de la escena. No sé ni cómo le hice para cruzar el Miguel Alemán en mi moto. Todo el camino me fui preguntando si ese travesti me había mentido. A lo mejor sí me lo cogí y hasta me pegó algo.

Atravesé el puente que divide a Gómez Palacio de Torreón, una vez en mi territorio, y ya con el sol en apogeo, me sentí tranquilo. Incluso mi ironía regresó a su estado natural y mientras esperaba que un semáforo se pusiera en verde, tarareaba mi propia versión de una rola de Elton John: “Hold me closer, tranny dancer”. No fue necesario contener mi sonrisa, gracias al casco que llevaba puesto. Decidí llegar a casa del Pato, que me quedaba a menos de cinco minutos, en el centro. Hice ruido con mi moto y mi camarada salió enseguida.

─ ¡Mijo, no te mames! La Tere anda súper culeada. Le llamé para ver si andabas con ella. De repente estos weyes y yo ya no supimos de ti, ni cuenta cuando te saliste del bar ¿Qué vergas te pasó? Tu compadre El Filos también te anda buscando. ¿En qué bronca te metiste, pendejete? ¿Quién te puso esos vergazos?

─ ¡Oh, pinche preguntón! Pareces mi vieja, cabrón.

─ Tu vieja es la que te va a terminar de partir tu madre, ¿Qué pedo, pinche Mau, estás bien?

─ ¿Pos qué no me estás viendo, carnal? Nomás uno que otro putazo. Pa’ no hacerte el cuento largo, supongo que andaba bien torcido, mijo. Acabé en Gómez en un pinche bar que ni me acuerdo cómo se llama. Estaba recargado en la moto fumándome un tabaco. Se me acercó un cholillo queriéndome tumbar. Y tú ya sabes que soy de mecha corta. Me puso dos tres putazos pero cuando el morro vio que se me metió el diablo, se abrió en corto. Me acuerdo que me metí a una cantinilla culerota y me llevé a una putita a un motel pedorro. Amanecí encuerado y con trescientos lanas menos. Fin de la historia. Cosas de la loquera, wey. Ya te la you know. Eso sí perrito: ¡Ni una palabra a la Tere de este pedo! La versión oficial es que me quisieron asaltar, me defendí y me fui a quedar a casa de un compita a Lerdo y recién la amanecí. ¿Arre?

─ ¡Ay, pinche vatito! No pues, ya sabes carnal, yo chitón. Eso sí, pásale y márcale a tu vieja pero en chinga. Al cabo mis jefes no están.

─ Hijo, necesito que me prestes playera, bóxer, tines y un pantalón. Los calzones ya no te los regreso, ja. ─ Le pedí al Pato.

─ Simón, mijo. Date un baño aquí mero.

Nelson Mandela. A menos que me acompañes a comprar jabón y estropajo, no le vaya a pegar a tu family la mugre y la mala vibra de la cerda que me atasqué anoche, we. Préstame tu fon, pues, que antes tengo que ir a calmarle la histeria a la flaca que ha de andar emperradísima.

Del Filos aprendí bien a expresarme con soltura y con firmeza aunque tuviera la mente nublada. Le llamé a él y a Tere. Fin de mi charra; comienzo de una la peor cruda moral de la historia.

Me bañé y después tiré mi ropa sucia a la basura. Al siguiente día ayuné para tratar de hacerme análisis de sangre. Me dijeron que tenía que esperar algún tiempo luego del encuentro sexual dudoso para que los resultados pudieran arrojar si había sido infectado con VIH, otras enfermedades podían ser detectadas con una menor espera. Aproveché el disgusto de Tere para no estar en la cama con ella durante el tiempo necesario. Cuando menos, había comprado la versión oficial. La agonía terminó con la totalidad de resultados negativos. El jotito había dicho la verdad. Parece que Dios no nos vomita a todos. Celebré mi buena suerte con una generosa dosis de cocaína, en una juerga a puerta cerrada con mi compadre, El Filos. Sólo a él pude contarle toda la verdad. No me juzgó pero tampoco me felicitó. Al día siguiente, era domingo, invité a comer a Tere para seguir festejando y curarme una cruda no moral. Su periodo parecía perder regularidad.

ONCE

─ Compadre, creo que necesito volver a atorarle al bisne un rato. Necesito que me alivianes con eso. Ya van casi los tres meses y a la flaca nomás no le baja. A mí se me hace que ya valió verga y habemus Rojita o Maurillo. Ya ni pedo.

─ Negativo, pareja. Usted será marihuanote pero anda caminando derecho. Hasta estás estudiando, mamón. En el jale que te conseguí no te va tan peor. Mejor te presto una buena feria, ahí me la vas pagando. Si quieres me ayudas a vender unos carros, traigo varios bisnes, acá, para taparle el ojo al macho. ¿Luego si me tuercen, quién le va a echar el ojo a mi familia, loco? A ti te ocupo fuera del mierdero. Y no voy a discutir ─ Sentenciaba El Filos.

Al quinto mes de embarazo de Tere, yo ya me había hecho a la idea de domesticarme. Había vendido varios coches gracias al Filos. Tenía algo de dinero ahorrado e incluso conseguí dejar de compartir departamento con compañeros de la universidad. Renté una casa pequeña y me llevé a Teresa conmigo. Como una forma de solidarizar con mi mujer, en nuestra casa, yo no me daba ni un toque. Procuraba traerla checada. Había días en los que ella se ponía insoportable al exigirme cocaína. En alguna que otra fiesta, me hacía trampa y fumaba un poco de hierba. Yo tenía sentenciados a todos nuestros amigos para que nadie le ofreciera o la dejara meterse polvo.

Fuera de sus episodios de histeria por la coca, jamás había visto a Tere tan feliz. Sus ojos brillaban distintos. Los dos vibrábamos distinto. Ella había empezado a investigar significados de posibles nombres, según el sexo que resultara tener nuestro bebé. A mi cabeza loca, lo primero que se le ocurrió fue comprar los mejores audífonos de diadema que pude conseguir. De modo que, en la recién abultada barriga, yo trataba de impregnar el espíritu de nuestro ángel, con una bizarra mezcla de Mozart, Schubert, Lizst, Lennon, Hendrix y Muddy Watters. En ocasiones al amanecer, Tere despertaba por las cosquillas que alguno de mis plumones de agua le provocaban, mientras yo escribía mensajes de amor en su panza. No recuerdo un halo de luz más intenso que aquel en toda mi tóxica existencia.

Por primera vez tenía una verdadera familia. En mi día de descanso, hice cita en el estudio de tatuajes de una vieja amiga mía. Le pedí un diseño especializado: un cactus con alas, en alegoría a nuestro ángel y su madre. Fue una sesión de casi cuatro horas. Daniela había hecho un trabajo estupendo, así que decidió cerrar el estudio para festejar con un cartón de cerveza y una bolsa de kush, que era novedad en aquel entonces. Aunque siempre he sido un conservador que prefiere la marihuana al natural, el probarla luego de un proceso sintético, era una experiencia que merecía la pena para ocasiones especiales como aquella.

Aquello era un festín de risas y anécdotas adolescentes. Dani y yo platicábamos de lo importante que es mantener contacto con las raíces, de “mantenerlo simple”. Reírnos de todo. Recordamos nuestras batallas de freestyle en la prepa, nos acordábamos de cuando caminábamos de la escuela a casa, mientras yo hacía beatbox y ella rapeaba y viceversa. El kush no nos dejó llevarlo a cabo con destreza esta vez, así que resolvimos dejarlo en manos de los maestros: ella puso el disco 2001 de Dr. Dre y lo dejamos correr mientras nos tiramos a besarnos en un sofá. Despertamos unas dos horas después.

─ Oye, corazón, creo que estaba sonando tu celular, no le digas a Tere que te veniste a tatuar conmigo, eh.

Doce llamadas perdidas de los números del Pato y de Caro, su novia. Todavía en la pacheca, decidí comunicarme enseguida. Le llamé al Pato pero Caro fue quien contestó.

─ ¡Ya ni la chingas, cabrón, no maduras! Vente pero ya a la Cruz Roja. Tere se metió coca y además trae un sangrado que no se lo pueden detener. ─ Colgó.

DOCE

Decidí ir sin avisarle a nadie. Tere estaba convaleciente por el sangrado y con un violento síntoma de abstinencia. Sus padres apenas y me dirigían la palabra. Así que no busqué a ninguno de mis amigos para que me acompañaran al crematorio. Me entregaron una cajita blanca de porcelana. Tenía una cruz y, adentro, los restos de lo que la vida nunca fue. Fui a la casa de Tere y solo la escuché gritar desde su cuarto, ordenándoles a sus papás que me dijeran que me largara. No quise dejar a mi bebé en casa de ellos. Les pedí quedarme al menos una noche con la urna para despedirme. Yadira no me dejaba de marcar y yo en ningún momento encontré el coraje suficiente para tomar la llamada. Apagué mi teléfono, llegué a casa al atardecer. No encendí ninguna luz. Puse la urna en mi escritorio y la observé pensando y viviendo la nada. Así pasaron ¿tres, cuatro horas?

No sentí ganas de drogarme, ni de beber. La respiración era mecánica e insípida. No lloraba, no sentía necesidad de hablar con nadie. Mi único deseo era evitarme a mí mismo. Tal vez lo mejor era reunir la mayor cantidad de dinero posible, encargarme de Tere la recibiera y enseguida terminar con todo esto, que era todo, menos vida. Menos la de Tere mientras yo siguiera con vida. Recuerdo haber escuchado que golpeaban la reja de la cochera, recuerdo que gritaban mi nombre. Jamás atendí. Quizá las voces estaban en mi cabeza. Ya entrada la noche, encendí la computadora y un cigarro. Pulsé play a Pyramid Song, de Radiohead. Una y otra vez. Fue hasta entonces que conseguí ser alcanzado por el llanto. Salí al comedor y destruí una vitrina a golpes. Los vidrios me cortaron los antebrazos. Pude haberme enterrado uno de ellos en la yugular pero no lo haría con la urna de mi ángel en casa. No hasta que lograra dejar a Tere con dinero que la ayudara a lo que fuera que pudiera hacer. Aunque lo que le había quitado, lo que yo nos había quitado a los dos, nos arrojaba a la realidad que siempre habíamos venido cargando: estábamos vacíos desde antes y nuestra única oportunidad de crear algo hermoso, yacía hecha polvo, igual que nosotros.

La abuela Ramona me había explicado que había varias maneras de ir directo al infierno. El suicidio era un delito que se pagaba siendo arrastrado a uno de los círculos más profundos y repugnantes del averno. Tan profundo como el pasaje infernal que me esperaba, era mi deseo de llegar a él a voluntad. De cualquier modo, yo ya estaba en el infierno, pero si me iba, quizá Teresa pudiera salvarse. Salvarse de mí era ya un avance. Aquello fue más que la transitoriedad de la euforia. No hay otra cosa que haya deseado con semejante ímpetu.  Entonces me supe muerto en mi vida. Mi alma se quedó en la caja de mi ángel; su alma fue la que trascendió. Ya sin vida, sin razón, sin ser, no necesitaba estar listo para un deceso ya consumado. Fui yo quien nació muerto, envuelto en la sangre derramada por mi mujer, que no era más mía ni dueña de sí. Ahora nuestra familia estaba compuesta de la ausencia de un ángel y de dos muertos vivientes.

Desperté sentado en el comedor. Golpeaban la reja con insistencia. Eran el Filos y madre. Mi demonio había amanecido con ganas de cristal. El diablo del foco siempre sabía cuándo aparecerse. Yadira comenzó a llorar desde que me escuchó abrir la puerta. El Filos la hacía sostenerse de su brazo. Entraron.

 

 

 

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