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21 septiembre, / Nadia Muela

Sin título… aún

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No recordaba yo alguna noche tan caliente como esa, el viento no soplaba en medio del desierto en el que se estanca esta ciudad, los autos simplemente iban y venían, así como ella…

Dulce, imperfecta y femenina figura caminando de noche por una de las avenidas más oscuras de una de las ciudades más peligrosas en uno de los países más inseguros. Pequeña chica merodeando a tan altas horas de la noche, viniendo de no sé dónde, dirigiéndose a ningún lugar, pensando no sé qué cosas y haciendo quién sabe qué, portaba en su mano izquierda sus zapatos y en la derecha algún puño de monedas. Se veía triste, ausente, casi invisible.

Su cabello rizado y un collar de perlas enmarcaban esa preciosa cara de muñeca de porcelana, que quizá no pasaba de los veinte años y no se dirigía hacia el frente sino hacia el suelo. Cargaba algo, algo indescifrable con la poca luz que ofrecía el pobre alumbrado público.

Se veía cansada, más que físicamente, se veía agotada de la vida, harta, hastiada, decepcionada y lastimada. No creo que alguien se hubiera preocupado por ella, pues andaba sola a una hora poco común. Parecía no haber sonreído de verdad en mucho tiempo, y aunque no tenía los ojos hinchados, parecía haber llorado desde siempre.

En cuanto la vi, quise pararle y preguntarle muchas cosas, quise saber su nombre, edad, de dónde viene y a dónde va y si le pudiera acompañar; quise darle alguna palabra de aliento que aliviara esa cara de pena, quise arrullarle entre mis brazos y decirle: “no pasa nada, mañana será otro día…”

Viene la niña cargando no sé cuántas cosas que yo no puedo ver a simple vista, cargando en su mano izquierda sus zapatos, pues se ha cansado de andar con vanidades y apariencias por ese camino tan lleno de piedras, hendiduras y charcos de lodo; viene la niña apretando la mano derecha para no soltar las escasas monedas que porta en ella. Viene la niña y no sé a dónde va, quizá seguirá, quizá simplemente se sentará a esperar.

Los pocos automóviles que pasan por la avenida, juegan con sus luces al ver su silueta y le lanzan alguna barbajanada, ella sólo las recibe sin poder hacer nada más que tragarse su coraje.

Quise hablarle, quise abrazarla y reconfortarla, darle algún tipo de aliento para que siguiera, o parara, o hiciese lo que ella quisiera, pero no me atreví, no sé si hubiera podido hacerlo bien. Quise decirle que la vida es mucho más que todo eso que a ella le ha tocado vivir, que también hay momentos y personas buenos. Quise verla directamente a los ojos.

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© Nadia Muela

De repente, alzó un poco la cabeza, y cuando mis ojos se reflejaron directamente en sus pupilas, cuando por fin pude verla a los ojos, intenté descifrar qué es lo que en ese momento ocurría, y con dolor me di cuenta… había un espejo frente a mi.

Texto y Fotos: Nadia Muela

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